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  CAPITULO 6. UN DURO PASADO.
 

Ultima llamada para los pasajeros del tren con destino Valaquia, por favor, diríjanse al andén B2.
-Maldita sea!! – volvió a rezungar Magnus. – ¿Tengo que ser yo el que lo haga todo?
Se dirigió a la parte delantera del vagón y se sentó al lado de la ventana. Se concentró en el vigilante que estaba en el andén. Se adentró en lo más profundo de sus pensamientos e hizo que se alejara de allí. Luego cerró sus ojos y un terrible sonido llenó el vagón que, pocos segundos después, comenzaba a moverse. Magnus sonrió satisfecho.
Con el tren ya en marcha, lo único de lo que debían de preocuparse era de vigilar a sus perseguidores y llegar cuanto antes a Valaquia, donde se dirigirían al palacio del Rey del signo de Aire, un gran amigo de Magnus.
Mientras tanto en uno de los rincones más escondidos sobre la faz de la Tierra:
-Señor les hemos perdido. Solo sabemos que han tomado un tren rumbo a Valaquia.
-Sois unos inútiles. – gritó con enfado Astaroth – Teníais la gran oportunidad de acabar con ellos en Tebas y… ¿¿los dejáis escapar??
-Lo sentimos mi señor. – volvió a decir uno de los vigías.
Astaroth comenzó a pasear alrededor de la hoguera central que presidía la gran sala rocosa y que alumbraba cada rincón tenuemente.
-¿No os dais cuenta de que si esas chicas se reúnen con los cuatro Reyes todo se irá al traste?
-No volverá a suceder, señor. Ya he mandado a parte de mis hombres a Valaquia para…
-Claro que no volverá a suceder, tú no vas a estar al mando de tus hombres la próxima vez.
Astaroth lo atravesó con una fuerte descarga eléctrica, dejándolo fulminado. Mientras se giraba para volver a su trono, dos de sus sirvientes retiraron el cadáver del jefe de su propio ejército. Tomó asiento y desesperado, pero aún sereno, pasó su mano por su cara y su pelo. Miró al frente con su rostro escondido entre las sombras.
-Vlad!!!!!! – gritó Astaroth
En ese preciso instante un joven sirviente hizo presencia en la gran sala y se arrodilló ante él.
-¿Si mi señor?
-Tienes ya suficiente poder como para servirme… - respondió Astaroth
-¿En que puedo servirle? – respondió el joven
-Quiero que vayas a Valaquia ahora mismo y no quiero que vuelvas hasta que no hayas acabado con el Rey, ¿Me has entendido?
-Si señor.
-Ve y no me falles!! – respondió Astaroth con voz áspera.
Vlad se fue rápidamente de allí dejando a Astaroth solo en la gran sala. Se levantó y se acercó a una gran mesa donde se encontraba una gran caja de oro. Poco a poco la fue abriendo hasta que cuatro colores intensos iluminaron su horrendo rostro. Las cuatro piedras habían comenzado a brillar a medida que la hora de la batalla se iba acercando. Astaroth profirió un grito espeluznante que recorrió la gran caverna mientras cerró de un gran golpe la caja dorada.
Habían pasado unas 3 horas desde que el tren partiera rumbo a Valaquia. Aún quedaban por delante dos largos días de viaje. Había un gran silencio en el vagón. Miley estaba recostada en uno de los grandes sillones y las demás miraban por la ventana con las miradas perdidas.
-Chicas – Magnus se sentó junto a ellas – Sentimos haberos puesto en peligro – dijo apenado – Será mejor que descanséis.
Todas se acomodaron en sus asientos. Javi miraba preocupado por la ventana, viendo como pasaban con rapidez por un gran puente sobre algún afluente del Nilo. Sophie lo vio y se acercó a él con timidez.
-Gracias… Por preocuparse por mi esta tarde. – dijo mirando hacia el exterior.
Javi giró su cabeza y la observó con detenimiento. Sonrió.
-Es mi deber y por favor no me llames de usted ¿De acuerdo?
Sophie giró su cabeza para mirarle y asintió.
-Antes, me dijiste… bueno... a lo que me refiero es a… – Sophie señaló su cicatriz en el pecho.
-Ah esto… es una larga historia.
-Aún quedan dos días… Creo que tenemos tiempo. – sonrió ella.
Javi parecía reticente a hablar, pero accedió. Hizo un gesto con su mano para indicar a Sophie que se sentara. Él también lo hizo en el sillón de enfrente. Enlazó sus manos y comenzó.
-No es una historia alegre que digamos – llevó su mirada a través de la ventana, observando la luna. – Todo empezó hace muchísimos años… En la época de los grandes faraones.
Sophie se acomodó en su asiento y le escuchó con atención.
-Yo era el príncipe heredero Tutankamon … Bueno creo que aún lo sigo siendo. – sonrió – Mi padre era Amenhotep III, faraón de Egipto y además uno de los Reyes de los Cuatro Signos de la Luz, en este caso Rey del signo de Fuego. Cuando mi padre murió, yo lógicamente heredé el trono, así como el gran poder que tenía al ser Rey del signo de Fuego. Ahí fue cuando comenzó mi reinado en las tierras que el Nilo aún sigue bañando. Tenía una gran vida, de eso no puedo quejarme. Riquezas, palacios…. Todo lo que un hombre siempre desea…
Su cara era de ensoñación al recordad los grandes momentos de su vida pasada. Continuó.
-Y también llegó a mi vida lo que todo hombre desea tener por encima de todo lo material… una mujer buena, cariñosa, dulce, humilde… Era maravillosa. Todo el tiempo que compartíamos juntos era un precioso sueño. Paseábamos juntos por la orilla del Nilo, veíamos el atardecer… Y al fin unimos nuestras vidas, queríamos compartir nuestro amor ante nuestros súbditos. Durante esos años me dediqué a utilizar mis poderes casi divinos para ayudar a mi gente. Si alguien atacaba la ciudad, yo les protegía… Cuando en el desierto la temperatura baja hasta límites insospechados, yo protegía a mis hombres con el calor del fuego… La gente me consideraba casi un dios, incluso descendiente del mismísimo Ra. ¿Qué ironía verdad? – Volvió a sonreír. – Se podría decir que esos años eran los mejores, pero uno de esos años, mi dicha aumentó cuando mi esposa me dio un hijo, un heredero… Aún recuerdo sus piececitos, su cabecita…
Sophie se asombró al ver como los ojos de Javi empezaban a llenarse de lágrimas.
-Eran parte de mi vida… de mi ser… - respiró hondo y continuó – Hasta que un día tuve que partir a luchar. Todos los días recibía cartas de mi familia. Pero un día esa carta no llegó. Envié a uno de mis emisarios a palacio. Esperaba sus noticias, pero no llegaban. Decidí regresar. La ciudad estaba desierta…
Sophie comenzó a recordar por tercera vez su visión.
-No había nadie… Ni tan siquiera un animal por las calles… Era una ciudad fantasma. – giró su cabeza y clavó sus ojos en los de Sophie – Eché a correr lo más que pude, Sophie… y cuando llegué quise morir en aquel instante… - Continuaba con sus ojos inmersos en los de Sophie, como si quisiera transmitirle algún mensaje – Todo estaba patas arriba. Las grandes cortinas desgarradas, las paredes manchadas de sangre… Y entonces la vi a ella… Tirada en el suelo… con su vestido manchado de sangre… entre sus brazos estaba… - cerró sus ojos muy fuerte, intentando apalear el dolor que le producía recordar aquella negra historia…. – Mi hijo… - terminó con un lamentado suspiro.
Sophie se echó las manos a la boca aterrorizada y angustiada. Javi continuó.
-¿Qué culpa puede tener una criatura…? ¿Qué culpa tenía él? Aún sigo sin entenderlo – dijo ahogado mientras sus lágrimas caían por su rostro. – Y entonces comprendí todo al instante. Corrí hacia mi habitación y encontré el cofre vacío, no quedaba rastro de la piedra… Regresé entonces donde mi familia yacía sin vida. Los tomé en mis brazos… Me sentía inútil al saber que jamás volvería a verles. Ya no tenía nada que hacer allí, así que caminé pesadamente hacía el trono. ¿De qué me servía ser faraón, si no pude proteger a mi familia? Y de repente todo cambió en un instante…Mi mano derecha apareció allí lamentándolo todo, parecía que se sentía apenado… Y cuando estuvo en frente a mí sacó la piedra y me la mostró. Su sonrisa era… malvada, sin escrúpulos. ¿Cómo pude dejarme engañar?
-Astaroth – susurró Sophie incrédula.
-No quería el trono de Egipto… Quería mi poder… Simplemente por pura envida y por venganza. – dijo con rabia. – Intenté acabar con él allí mismo pero por desgracia mis poderes habían desaparecido. Algo me golpeó la espalda, dolía mucho y caí al suelo… Mientras yo me retorcía él se acercó a mi con gran parsimonia… Me dijo palabras tan duras… Lo último que recuerdo fue un dolor punzante en mi pecho y cómo Astaroth hundía sádicamente la daga.
Clavó de nuevo sus ojos en los de Sophie. Ella tenía puesta su mano en su pecho a la altura de su corazón. Volvía a recordar su visión y notaba el dolor en su pecho, como si ella también estuviera siendo apuñalada. Se acercó a ella y colocó su mano a la altura del corazón de la joven. Comenzó a respirar con más tranquilidad.
-Por suerte ahora no puedo sentir el dolor… pero el recuerdo se lleva dentro y no se irá de ahí nunca– dijo como ausente, mientras volvía a perderse en la mirada de Sophie y colocaba la mano de esta en su propio pecho.
Ella acariciaba con pena la cicatriz.
-Lo siento – es lo único que logró decir ella. – Siento haberte hecho recordar tan malos momentos… - dijo apenada.
-Hoy cuando te he visto tan mal, he sentido la necesidad de protegerte… No puedo perdonarme que ahora otras personas sufran en mi presencia. No puedo. Voy a enseñarte lo mejor que pueda… para que no cometas el mismo error que yo. El poder al que te vas a tener que acostumbrar no es fácil de manejar. Entraña sus peligros, puede… puede hacerte ver cosas que no son, puede llegar a corromperte… Si fracaso en su enseñanza… todo esto habrá sido en vano.
-Eso no va a ocurrir, te lo prometo. No te voy a fallar.
-Solo te pido que luches por lo que más quieras en este mundo. Lucha por algo que te motive, no lo hagas por obligación…
Silencio. Es lo único que reinaba ahora en el vagón. Javi nunca había hablado del tema en los miles de años transcurridos desde aquella noche. Ahora ambos compartían un mismo dolor. Uno por vivirlo en primera persona y la otra por verlo a través de él, de sus propias visiones. No volvieron a hablar durante la noche…





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