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  Capítulo 4: Carrera de trineos
 
¿Alguna vez os habéis sentido encerrados en lo más profundo de vuestra mente? Pues así me sentía yo. Sumergido en un estado de semiinconsciencia podía notar una fuerte quemazón en mi cabeza, con los ojos cerrados a cal y canto y notando puntitos fríos en mi cara. Sin embargo una y otra vez mi cabeza rememoraba el último minuto consciente antes de descalabrarme. Sentía la misma pesadez en mis piernas y la misma sensación de falta de aire, como si alguien estuviera rebobinando las imágenes una y otra vez con mala saña. Y una y otra vez volví a escuchar esos gruñidos tan extraños. Podía notar el pulso de mi corazón martilleándome la brecha que seguramente me habría hecho en la cabeza, pero sin embargo notaba tan lejano el dolor… como si estuviera anestesiado. Por unos instantes logré abrir los ojos, pero la luz me hizo tanto daño que preferí continuar con ellos cerrados.
-Eh Christian!!
Reconocía esa voz acorchada pero no lograba relacionarla con su dueño. Me sentí algo caliente y noté un ligero peso sobre mi cuerpo, pero no lograba adivinar de qué se trataba. Por más que quería luchar por abrir de nuevo los ojos y moverme, me resultaba imposible. Una mano cálida se posó sobre mi frente y me recorrió la mejilla. Esa manera tan dulce de acariciarme solo podría ser de una mujer, así que supuse que Lorh me estaría atendiendo. Continué escuchando murmullos.
-Se ha dado un buen golpe pero está bien, en unos minutos se despertará. Adam y yo nos ocuparemos de él, tu ayuda a Danny a llegar al todoterreno.
Sí, ahora podía confirmar que esa voz era la de Lorh. Después escuché unos estruendosos pasos alejándose de mí y de repente noté cómo cuatro brazos me alzaban en el aire y me movían con torpeza mientras escuchaba cómo crujía la nieve. Puede que pasaran unos cinco o diez minutos, pero después de ese tiempo noté bajo mi espalda el mullido asiento trasero del todoterreno. Oía a los demás revoloteando a mi alrededor pero hubo algo que me hizo remover. Algo hacía escocer la herida de mi cabeza. Tuve ganas de alzar un brazo y aporrear a quien fuera, pero olvidaba que no podía pues estaba inútilmente inconsciente. ¡Qué débiles somos los humanos! A veces me doy asco a mí mismo.
-Esto ya está ¿Cómo vas Danny? ¿Te duele mucho?
Noté la voz de Lorh bastante preocupada. La respuesta tardó en llegar, pero llegó.
-Tranquila cariño, estoy bien, la venda me está sujetando el tobillo y no noto el dolor.
¡Pues sí que estamos bien! Si lo llego a saber me hubiera quedado en casa. Aunque hoy estaba destinado a que me pasara algo. Esta mañana no me caí por el hielo, pues bien, ya lo hice corriendo. Bien Chris, bien, te vas superando ¿Qué será lo próximo? ¿Quedarme inconsciente rumbo al coma o que se me rasguen los pantalones delante de todo el mundo en la oficina de la reserva? Después de unos minutos en silencio, los todoterreno arrancaron rumbo al hospital. No era consciente del tiempo pero calculo que tardaríamos en llegar una hora. Era increíble la de cosas que pude apreciar con los ojos cerrados cuando Herver y Adam creían que no podía escuchar nada. Cuando llegamos, los médicos estaban preocupados por mi inconsciencia a pesar de que después de conectarme a un montón de aparatos, mis constantes vitales estaban perfectas. Aún así me hicieron un escáner y me retuvieron en una camilla a la que se le salían los muelles. Después de pasar por humillantes pruebas percibí como el ruido disminuía, quizás me habían metido en una habitación. Según pude escuchar al doctor, todo estaba bien y en pocas horas despertaría. Tenía que haber sido un buen golpe pues se me estaba haciendo agónico el tiempo que estaba permaneciendo inconsciente. Y al fin la oscuridad en la que me encontraba sumergido comenzó a desaparecer. Noté cómo mis parpados se liberaban de un peso abstracto y comenzaba a abrir poco a poco los ojos hasta que al fin se acostumbraron a la luz de la habitación. Me dolía la cabeza una barbaridad así que apreté el botón de llamada y en pocos segundos apareció una enfermera.
-¿Cómo te encuentras?
-Me duele la cabeza
-Eso es normal – me respondió amablemente – te has dado un buen golpe.
-¿Qué hora es?
-Las diez de la mañana.
Me quedé confuso con aquella contestación. Llevaba casi veinticuatro horas inconsciente. El tiempo en aquel estado semi vegetativo se me hizo bastante rápido como si tan solo hubieran pasado tres larguísimas horas. Después de que la chica inyectara algo en la vía que tenía conectada a mi brazo, me sonrió y salió de la habitación.
-¿Dónde está, Herver? Necesito verle.
¡Oh genial! Ya se le ocurrió a Herver la maravillosa idea de avisar a mi abuela, que ya estaba dando voces preocupada por mí. De repente la puerta se abrió dando un fuerte golpe a la pared de la habitación.
-¡Ay mi pequeño! ¿Pero qué te ha pasado?
La abuela se acercó a mí para abrazarme y besuquearme todo lo que quiso hasta que se hartara.
-Abuela, abuela para, me haces daño!!
De reojo pude ver a Adam partiéndose el culo ante aquella situación. Me pude poner de todos los colores de vergüenza hasta que la abuela me soltó y me dejó tranquilo unos segundos.
-Lo siento tesoro, pero cuando Herver me llamó y me dijo lo ocurrido me puse muy nerviosa, creí que te había perdido…
-Abuela, solo es una brecha.
Como Adam se estaba partiendo las costillas a costa mía, la rabia comenzó a acumularse en mí para luego estallar.
-Adam lárgate antes de que te coja por el pescuezo y te estrangule!!
-Vale, vale – dijo alzando sus manos como si fueran a detenerle. – Tío, ese golpe te ha afectado, vendré a verte cuando se te hayan bajado los humos. – Cogió su cazadora y girándose hacia la puerta se despidió de mi abuela – Señora Lanter…
-Eso, piérdete!!
En esos momentos llegó el doctor Chase acompañado por Herver para darme el alta. Le estuvo explicando todo lo sucedido a mi abuela. A veces me asustaban las caras de horror que ponía pero después de todas, Herver ponía las manos en sus hombros para tranquilizarla. Al final, un par de horas más tarde salimos del hospital y Herver nos acercó hasta casa. Un taxi nos hubiera llevado por las afueras de la ciudad incrementando el precio del viaje.
-Si necesitáis algo más podéis telefonear, a Linda no le importará venir por las mañanas. – dijo Herver interesado.
-Herver, no es necesario – dije cansinamente
-Si es necesario Christian. – ahora se dirigió a mi abuela – Madeleine, procure despertar a Christian cada tres horas por la noche, solo por si vuelve a quedarse inconsciente.
-Lo haré Herver no te preocupes.
Así la noche pasó inevitablemente lenta. Cada tres horas exactas la abuela me estaba despertando no fuera que me estuviera dando una embolia o algo parecido. En más de una ocasión estaba tan profundamente dormido que ella acababa chillándome porque parecía no despertarme… A la mañana siguiente intenté por todos los medios ir a trabajar pero Herver ya se había presentado en casa a las ocho en punto y me devolvió con brusquedad a la cama. Odiaba sentirme inválido y mi enfado iba en aumento a medida que pasaba la mañana alimentado por el dolor de cabeza provocado por la brecha y por la escasez de sueño de la noche. Adam vino a visitarme pero no hizo otra cosa que recordarme la vergüenza que pasé en el hospital gracias al excesivo cariño de mi abuela y acabé por echarle de casa. El ordenador tampoco satisfacía mi necesidad de eliminar el aburrimiento y también acabé pagándolo con él. La televisión ni la radio tampoco estaban de mi parte. Cansado de estar cansado me asomé pesadamente a la ventana. El cielo estaba encapotado como de costumbre y las nubes estaban pintadas de un color morado bastante raro por lo que supuse que nevaría de un momento a otro, pero ni siquiera me dio tiempo de acabar mis cavilaciones cuando los primeros copos empezaron a golpear con fuerza la ventana de mi habitación. Para matar el tiempo empecé a cronometrar el tiempo que tardaban en caer los copos desde que los veía hasta que se estampaban contra el suelo. Aunque parezca mentira, eso me relajó bastante. Puede que me tirara así unas tres horas que se me pasaron rápidamente. Desperté de mis alucinaciones de científico loco cuando el teléfono sonó y mi abuela contestó. Sentía curiosidad así que bajé a la cocina donde ella se encontraba y me senté en una de las sillas para poder escuchar la conversación. Sí, mi lado cotilla había salido a la luz pero era un buen método de entretenerse.
-Es Herver – dijo mi abuela en una especie de play back – Si, Christian ya está mejor no te preocupes… Ah!! Que quieres hablar con él… si ahora te lo paso… Hasta luego. – abuela me tendió el teléfono. – Ponte, Herver quiere hablar contigo.
-¿Es algo grave?
-No lo sé, habla con él a ver qué quiere
La abuela se alejó de la cocina con una gran sonrisa. ¿A qué se debía esa repentina felicidad? No esperé mucho así que me coloqué el teléfono en la oreja.
-¿Qué hay Her?
-Le estaba diciendo a tu abuela… que el domingo puede que ya estés recuperado… Así que he pensado que podías participar con nosotros en la carrera de trineos.
-Pero Her, yo no tengo ni idea de llevar un trineo…
-Bueno tú puedes ir de copiloto. ¿Te apuntas?
La abuela estaba asomada a la puerta de la cocina con la sonrisa de hacía unos instantes. Parecía que me instaba con la mirada a que me uniera a la idea de Herver. La verdad es que tenía ganas de salir de casa aunque llevara solo unas horas recluido. El dolor de cabeza disminuía a la vez que aumentaba mi emoción ante aquella invitación.
-De acuerdo Herver. Allí me tendrás.

Y así fue. La semana pasó rápida. No había ido a trabajar por recomendación de Herver y cabezonería de mi abuela y Lorh para no sufrir ningún tipo de mareo o efecto secundario de las pastillas y me dediqué a ver vídeos de carreras por internet y a recopilar información de cómo se manejaba un trineo por si dada una grave circunstancia me tocara manejarlo a mí. Todo el pueblo estaba volcado con la carrera. Las principales televisiones canadienses se trasladaban hasta Fort Franklin para retransmitirla. Herver había venido a buscarme a casa una hora antes para colocar y preparar los últimos detalles del trineo. En la parte de atrás del gran monovolumen llevaba unas ocho jaulas donde transportaba sus más preciados tesoros, sus perros. Al llegar bajamos con cuidado todo lo necesario. El recorrido estaba perfectamente trazado con el cordón policial. El último tramo hacia la meta se desarrollaría por el centro de Fort Franklin y la calle principal estaba adornada con guirnaldas y globos de muchos colores. Los participantes llegaban con cuentagotas. Herver me presentó a casi todos, incluso a los campeones del año anterior. Todos estábamos emocionados y eso se notaba en el ambiente. Unos minutos después de colocar el trineo, sacamos a los ocho majestuosos perros. El perro guía, una hembra llamada Stela no se apartaba ni un segundo de mi lado, parecía que le había caído bien. Con cuidado los fuimos atando uno a uno al trineo. Les dimos comida y agua para que se prepararan para la carrera.
-Herver, no sabía que participarías este año.
Una voz masculina sonó en nuestras espaldas. Herver se giró y se abrazó a aquel hombre.
-No me perdería esto por nada en el mundo.
Los dos hombres volvieron a abrazarse amistosamente mientras yo acababa de recoger los comederos de los perros y los acariciaba intentando animarlos.
-Es una alegría verte por aquí Thomas. – paró un instante de hablar para mirarme – Ven Christian.
Me levanté con cuidado para evitar marearme y me acerqué a ellos.
-Este es Thomas Bleder. Es maestro en el instituto del pueblo.
-Encantado - dije tímidamente estrechándole la mano.
-Christian se acaba de trasladar al pueblo y trabaja con nosotros – le dijo Herver al señor Bleder.
-Bienvenido a Fort Franklin, hijo. ¿Vas a participar en la carrera?
-Si señor, eso es lo que me han ofrecido.
-Pues espero que tengáis suerte, aunque no hace falta que os la de, Herver tiene este año unos perros extraordinarios. Aunque no creo que podáis hacer nada estando mi chico… es realmente bueno
-¿Tu hijo corre? – dijo sorprendido Herver
-Es una buena terapia para él… ya sabes.
-Oh!! Entiendo - musitó Herver un poco triste– Entonces buena suerte para él.
Thomas se despidió de nosotros amablemente. Cuando se giró se tropezó con otro hombre. Por un instante el ambiente se hizo bastante tenso. Las miradas entre el señor Bleder y el otro hombre tenían bastante odio y Herver creo que pensaba lo mismo que yo. Le miré pidiendo una explicación, porque sinceramente, no entendía nada.
-El señor Bleder perdió a su hija hace un año… - comencé a recordar lo que la abuela me había contado sobre el señor Bleder. - …el otro hombre es Patrick Kane, su hija Ashley era la mejor amiga de Abigail Bleder… Desde que esta murió, Thomas y Patrick no pueden ni verse… Thomas no ha superado la muerte de su hija, y su hijo Tony está hecho polvo… perder a su hermana pequeña fue un golpe muy duro, por eso ha dicho que las carreras son como una terapia para él…
-Vaya… - dije apenado sin saber qué mas decir.
-Cosas de la vida – dijo resignado Herver mientras guardaba todo lo que no necesitaríamos en el monovolumen.
Al fin la hora de la carrera había llegado. Unos veinte trineos, o al menos eso conté, se agolpaban en la línea de salida. Yo iba sentado en el trineo como hacían otros acompañantes. Podía sentir como mi corazón golpeaba contra las costillas, pudiera ser que estaba más nervioso aún que Herver. Y como si de un rayo se tratara, el juez disparó la pistola indicando el comienzo de la carrera.
Era increíble la fuerza que tenían aquellos perros. El arranque fue terrible y me hizo caer hacia atrás. Tan solo cuatro trineos estaban delante del nuestro, entre ellos el de Tony Bleder. Como había pronosticado su padre, era bueno, muy bueno, pues en tan solo unos segundos se había colocado en la cabeza de la carrera. Poco a poco nos íbamos alejando del pueblo continuando el sendero hacia el bosque. Caían copos pequeños lo que permitió una primera vuelta tranquila. Pero las dos siguientes fueron terribles. El viento comenzó a soplar con fuerza y furia y la nieve iba tapando el camino. Cada pocos minutos se escuchaban truenos que a medida que pasaban los segundos se hacían más audibles . Una violenta tormenta de nieve se acercaba. Cada vez que pasábamos por línea de meta, eran más los participantes que se retiraban, hasta quedar en competición tan solo seis trineos. A causa de la acumulación de nieve, los trineos iban más y más lentos por lo que los seis participantes nos fuimos apiñando cada vez más hasta ir todos en grupo. Los perros tiraban cada vez con más fuerza intentando ser los primeros.
-Esto se pone feo!!
Pude oír como Herver hablaba como podía con el resto de participantes.
-Creo que deberíamos abandonar todos y terminar la carrera otro día. – dijo uno de ellos.
Ya estábamos entrando en el bosque. Durante unos minutos todos los participantes por mutuo acuerdo paramos para evaluar la situación. Los perros estaban muy débiles en esas condiciones meteorológicas y las marcas de las sendas se hacían invisibles a causa de la nieve acumulada.
-Se suspende la carrera. – dijo Herver
Nos pusimos todos de nuevo en marcha para regresar a Fort Franklin. Con cuidado pero manteniendo un ritmo constante fuimos atravesando la senda del bosque. La nieve volvía a caer con ferocidad. Un extraño ruido nos alarmó a los allí presentes.
-¿Qué ha sido eso Herver? – preguntó Tony
-No lo sé. Daros prisa antes de que oscurezca.
Los perros tiraban con la fuerza que aún les quedaba. Los conductores de los trineos se apresuraban a empujar para ayudar a sus mascotas. Otro ruido, a mi parecer salido de las profundidades del infierno atravesó el bosque. Todo el mundo se detuvo en seco mirando a todas partes, a lo más espeso de los arboles. Sentí un gran escalofrío, pues aquella situación me superaba, me recordaba tanto al sueño que tuve en el avión cuando vine… De repente una sombra se abalanzó sobre el primer grupo. El trineo cayó rodando la colina abajo. Los gritos de las dos chicas se clavaban en mis oídos al igual que los gemidos desesperados de los perros. Otra sombra hizo lo mismo con otros dos trineos…
-Maldita sea salid de aquí!!! – gritó Herver
Me agarré todo lo fuerte que pude al trineo. Me dolían las manos. Otra sombra empujó el trineo que iba delante de nosotros. Corríamos todo lo deprisa que podíamos seguidos por Tony. La primera sombra se abalanzó ahora sobre nosotros y nos tambaleó hasta hacer volcar el trineo. Aún no se cómo pero me agarré a la raíz de uno de los abetos para no caer al precipicio. Herver intentaba levantar el trineo para soltar a los perros. Tony intentó ayudarle pero Herver le ordenó salir del bosque y eso hizo. Mientras yo me mantenía sujeto al abeto, con mi mano libre fui desatando a los perros a los que podía alcanzar mientras Herver tiraba desesperado del trineo para que no se precipitara al vacío. Al fin todos los perros quedaron libres y Herver los espantó para que salieran del bosque. Estaba a punto de resbalarme. Los guantes se me escurrían y no podía agarrarme con firmeza al abeto.
-Christian no te sueltes!!!
La sombra se abalanzó de nuevo sobre él lanzándolo contra un árbol y cayendo al suelo malherido.
-Herver!!!
Intenté subir pero las botas se resbalaban en las rocas de la pared del acantilado. Una de mis manos se soltó y el guante calló a lo más oscuro del abismo. Estaba claro, había llegado mi final. No podía remediarlo ni evitarlo por mucho más tiempo. Y entonces de nuevo vino el terror. Algo se aferró a mi cuerpo con mala saña tirando de mí hacia abajo, intentando arrancarme de mi única oportunidad para sobrevivir. Ya solo tenía contacto con el árbol con la punta de mis dedos cuando otro algo comenzó a tirar de mí hacia arriba. El sonido era aterrador, un gruñido que hubiera desgarrado la garganta de cualquier animal normal… El gorro de mi anorak se desgarraba debido a las dos fuerzas que estaban a punto de partir mi cuerpo por la mitad. De nuevo pude agarrarme con fuerza a la raíz y tirar con todas mis fuerzas hacia arriba. Y al fin la fuerza que me tiraba hacia abajo cedió y escalé rápidamente la poca pared que me separaba del sendero del bosque. Cuando lo conseguí me mantuve en el camino a cuatro patas y alcé mis ojos para ver quién me había ayudado. Un lobo se alzaba ante mí majestuoso enseñándome sus dientes y su mirada rabiosa, con su cuerpo arqueado y su pelo de punta, amenazante, queriéndome atacar… y sin embargo después de dar un aullido bestial que me hizo tapar los oídos se giró y huyó sin dejar rastro… dejándome aturdido en medio de la nada…




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