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  Capítulo 2: Fort Franklin
 
Quedarme en Toronto sabía que no me serviría de nada, así que en cuanto baje del autobús y puse un pie en el aeropuerto, sabía que estaba comenzando a escribir una nueva página del libro que era mi vida. Miré a todas partes y pude ver cómo los taxis se agolpaban en las puertas de la terminal dejando o recogiendo pasajeros; era un pequeño caos controlado dentro de la rutina habitual. Me deslicé por una de las puertas giratorias y después de caminar unos metros llegué al mostrador para comprar mi billete. No tenía mucho dinero así que aprovechando que no tenía prisa por irme a alguna parte perdida del planeta, esperé a conseguir un billete que algún pasajero hubiera rechazado a última hora. Debía ahorrar el poco dinero que me dieron al salir de la cárcel.
Probablemente estuve allí cinco horas, pero la suerte me sonrió cuando la jovencita del mostrador me hizo un gesto para que me acercara a recoger mi billete.
-Son veinte dólares – dijo esa preciosidad mientras sacaba mi cartera para pagar – Espero que tenga un buen vuelo.
-Gracias – sonreí intentando ser amable.
No me llevó mucho tiempo acercarme hasta la puerta de embarque donde un joven auxiliar de vuelo revisó mi billete y me indicó donde estaba situado mi asiento. Me dejé caer cuando terminé de colocar la bolsa de mano en el portaequipajes y mientras el resto de pasajeros se colocaba, yo miraba tras la ventanilla cómo despegaban los demás aviones.Odiaba volar, pero en esos instantes aquel miedo irracional era insignificante comparado con lo que acababa de ocurrir hacía ya unas horas en mi antiguo hogar.Cuando el avión comenzó a moverse, mis manos se aferraron con fuerza a los reposabrazos del asiento y cerré mis ojos para evitar ver cómo se alejaba el suelo a medida que el avión tomaba altura. Pero al fin, para mi alivio, sonó la señal de que ya podíamos desabrocharnos los cinturones de seguridad; yo por precaución no lo hice. Cuando me quise dar cuenta, me encontré empapado en sudor y vi como una azafata se acercaba a mí preocupada.
-Señor ¿Se encuentra bien?
-¿Tienen algo para el mareo? – dije con la voz quebrada – Un somnífero me vendría genial durante el viaje.
La joven sonrió al verme tan vergonzosamente débil.
-Claro, veré que puedo hacer.
No tardó ni cinco minutos en volver con un par de pastillas y un vaso de agua. Le sonreí agradecido y en un abrir y cerrar de ojos me tragué las pastillas y el agua y dejé que me hicieran efecto. Por suerte estaría grogui todo el trayecto y si hubiera alguna turbulencia no me enteraría.Sí, las pastillas empezaban su cometido. Los párpados me pesaban y yo intentaba luchar contra aquella sensación de somnolencia, pero… ¿para qué si contra los somníferos yo tenía las de perder? Me dejé llevar, primero a una oscuridad tenebrosa y unos minutos después se abrió ante mí una gran claridad. ¿Estaba a caso soñando con el cielo? Nieve. Ciento y cientos de metros cubiertos de nieve, incluso podía sentir el frío. Me froté las manos instintivamente y caminé, caminé… Parecía que no avanzaba así que decidí pararme en medio de la nada. ¿Qué lugar tan extraño era aquel? Y de nuevo sin darme cuenta volví a frotar mis manos. Alcé un poco más arriba la vista y entre la niebla pude adivinar dos grandes montañas que se alzaban sobre un gran lago. Bonita imagen. Nunca pensé que mi atrofiado cerebro llegaría a deleitarme con tan magnífico y elaborado paisaje invernal. Caminé de nueva y esta vez pude apreciar que me acercaba a la orilla del lago. Bien, al menos mi sueño avanzaba y no se quedaba estancado. Me preguntaba cuánto quedaría para despertarme. Ahora que estaba comenzando a disfrutar de mi sueño deseaba que durara al menos unos minutos más para saber si todo aquello era producto de mi imaginación o una pequeña sobredosis de somníferos. Me agaché para tocar el agua del lago. Me sorprendí al notar su humedad y su frescor… Parecía todo tan real… Comenzaron a caer unas bolitas blancas… ¡Ah claro! Estaba nevando. Y sin embargo me quedé embobado mirando al cielo y viendo cómo los copos caían sobre mi cara. De repente me tiré al suelo y me dio la venada de hacer un ángel. Moví mis extremidades rápidamente y a los pocos segundos ya estaba levantándome para ver mi obra maestra. En esos instantes me sentía como un niño. Corrí entre los árboles, hice más ángeles, dos muñecos de nieve… Y cuando me disponía a refugiarme de la fuerte ventisca que se levantó repentinamente… algo cambió. Sentí un crujir de ramas en lo más espeso del bosque. Me quedé muy quieto para poder oírlo. Miré hacia la negrura y agudicé el oído. Nada. De nuevo el crujido sonó, esta vez detrás de mí haciendo que me girara bruscamente. Pero no me iba a quedar ahí para comprobar lo que ocurría. No, apreciaba demasiado mi vida. Eché a correr en dirección por donde había venido. Se había acumulado tanta nieve que mis piernas se quedaban atrapadas. Oía aquel siniestro sonido cada vez más cerca de mí y yo o podía correr más deprisa, con tan mala suerte, o más bien por culpa de mi torpeza en aquel momento, caí al suelo golpeándome la cabeza contra un tronco. Aturdido me giré quedando boca arriba intentando recuperar la visión, cuando en ese instante una sombra cayó sobre mí haciendo que me tragara la nieve…
-Señor, señor despierte!!
Abrí mis ojos aterrorizado, respirando agitadamente como si me faltara el aire y no fuera capaz de encontrarlo.
-Señor, hemos llegado.
Volví a oír aquella voz aterciopelada y cuando por fin mis ojos se adaptaron a la luz, pude ver la cara de la azafata que me había dado los somníferos. Volví a mirar a mi alrededor y comprobé que el resto de pasajeros ya no estaba. Me levanté con cuidado, pues la cabeza me daba vueltas, cogí mis cosas y salí del avión.
Sí, al fin pude ver las hermosas montañas blancas de Fort Franklin. Recuerdo cuando mi familia y yo veníamos en las vacaciones de Navidad a visitar a la abuela. Cogí un taxi en inmediatamente me fui hasta su casa.
La ciudad había cambiado muy poco desde hacía tres inviernos que no venía. El ayuntamiento, la comisaría, la iglesia, el colegio, el instituto… No sé por qué pero todo me inspiraba tranquilidad y unas ansias tremendas de comerme el mundo. Llevé mi mirada al contador del taxi y decidí que era hora de dar un pequeño paseo. Ya no quedaba mucho tramo hasta la casa de mi abuela Madeleine.
De camino, pasé por el parque donde solía jugar de pequeño, todo estaba igual excepto una pequeña fuente que seguramente habrían construido durante mis tres años de ausencia. Allí se encontraba un chico quizás de mi edad aunque no lograba reconocerlo ya que se encontraba a una distancia suficientemente lejana como para que mis ojos no pudieran verle con claridad. Lo que me sorprendió bastante fue que se acercó a mí corriendo.
-¿Christian?
Yo aún no lograba reconocerle, pero a medida que más se acercaba su rostro me iba siendo más familiar.
-¡Adam!
Me abracé a él con todas mis fuerzas. Durante nuestro cálido saludo pasaron por mi cabeza todos nuestros años de amistad, desde que nos conocimos, pasando por nuestros amoríos de verano, hasta unas semanas antes de que me encarcelaran, sin olvidar tampoco nuestros peores momentos. Éramos como hermanos, lo compartíamos todo. Simplemente era mi mejor amigo. No había mejores palabras para describirle. Fue el que peor lo pasó de los dos cuando me condenaron.
-¡Ey! ¿Ya te han soltado? ¡Qué alegría!
-Se acabó la pesadilla, al menos en parte – dije apenado
-Si no me equivoco… te has enterado de lo de tu familia. – suspiró lamentado al adivinar la noticia – Christian, cuando tu padre enfermó, fui a visitarle con mi padre, intentamos hacer todo lo posible porque Susan no se fuera a Alemania, pero ya sabes que es muy tozuda… como tú. Se nota que sois…
-¿Hermanos? – dije incrédulo – Yo ya no tengo hermana, Adam. No me esperaba que dejara solo a nuestro padre estando tan mal.
-¿A caso tú no lo hiciste metiéndote en ese lio?
Adam se encaró a mí. La verdad es que tenía muchísima razón. Yo fue el primero en abandonar a mi padre…
-Eso ha sido un golpe muy bajo
-Lo siento – se disculpó Adam – Mira, llevo sin verte tres años, no quiero discutir contigo. ¿Qué te parece si recuperamos el tiempo perdido?
-Genial, pero mejor en otro momento. Tengo ganas de llegar a casa de mi abuela y descansar. Además tengo que buscar trabajo, casi no tengo dinero y … bueno no quiero vivir del cuento.
Comenzamos a caminar por la gran avenida, por así decirlo era el centro neurálgico del pueblo, donde se encontraban la mayor parte de los comercios y tabernas. Hacía un frío horrible y las aceras estaban peligrosamente resbaladizas a causa de la nieve congelada que seguramente había caído durante la noche. Entonces me di cuenta de que necesitaría un cambio de vestuario en el que debería incluir gorro, guantes, bufanda, botas… Creo que estaba empezando a echar de menos el templado invierno al que solía estar acostumbrado. En Fort Franklin solían llegar a tener una mínima de diez o quince grados bajo cero. ¡Qué mal iba a pasarlo!
-Dime Christian, ¿qué trabajo estabas buscando? ¿Has estudiado algo de lo que te puedas dedicar, o un simple curro te sería suficiente? – dijo Adam mientras llegábamos a su todoterreno y nos introducíamos en él.
-Me conformo con lo que sea Adam.
Arrancó el coche y con cierta dificultad logró ponerlo en marcha en dirección a mi nuevo hogar.

-Verás, necesitan gente para trabajar en la reserva para patrullar los alrededores del lago. – comenzó a decir Adam – Yo llevo allí unos meses y pagan bastante bien, y como a ti te gusta todo este rollo salvaje…
-Tiene buena pinta – dije – pero no creo que me contraten, ya sabes que he estado en la cárcel.
-¿Y eso qué más da? Además en este pueblo somos todos tolerantes y lo sabes. No creo que se pongan a inversigar como en las películas. ¡Déjamelo todo a mí, vaquero! Los forasteros son muy bien recibidos.
Me encantaba su voz grave que le daba un tono de ironía a las cosas. Hacía mucho que no me reía tanto y gracias a mi amigo lo hice de nuevo.
Al fin paró el todoterreno en su destino. Sabía que Adam no se iría así como así, pues siempre que veníamos a visitar a la abuela, Adam se llevaba una gran bolsa de galletas caseras. Mi abuela era muy generosa con todo el mundo y se la conocía en el pueblo por su virtud. Nos dirigimos rápidamente a la puerta que Adam abrió con habilidad.
-¡Señora Lanter! Le he traído una sorpresa.
Me quedé maravillado con el nuevo aspecto de la casa. Miré a todas partes mientras Adam iba a buscar a mi abuela.
-¡Oh Adam! ¿Hoy no trabajas?
-No señora, hoy tengo el día libre.
-¿Y qué es esa sorpresa que me has traído?Podía escuchar toda la conversación desde la entrada de la casa, así que me repeiné un poco para recibir a mi queridísima abuela.
-Cierre los ojos – dijo Adam – Yo la llevo.
En unos segundos Adam apareció con mi abuela a la que sujetaba con firmeza para que no tropezara. Éste me hizo un gesto para que hablara y así lo hice:
-Hola abuela.
Ella abrió sus ancianos ojos azules de los que empezaron a brotar unas pequeñas lágrimas de emoción.
-¡Christian!
Se acercó a mí y me abrazó tan fuerte como pudo permitirle su frágil cuerpecito. La estreché entre mis brazos mientras ella no dejaba de pellizcarme los mofletes y se sorprendía de lo crecido que estaba. No podíamos dejar de sonreír y al final acabamos abrazándonos también a Adam.
-Adam cielo, gracias por la sorpresa.
-No hay de qué, señora Lanter. Bueno será mejor que me vaya, mi madre se enfadará si llego tarde a cenar.
Mi amigo ya tenía un pie en el jardín cuando mi abuela lo retuvo unos instantes.
-Espera un momento Adam. Esta mañana hice una tarta, te la voy a envolver para que se la lleves a tu madre.
-No hace falta.
Adam dijo aquella frase con la boca pequeña. En su cara se reflejaba la misma cara golosa de cuando era pequeño.
-Bueno Christian, nos vemos mañana. Adiós señora Lanter y gracias por la tarta.
Me despedí de él con un rápido gesto de mi mano y a continuación cerré rápidamente la puerta para evitar que el frío helara la casa.
Sin darme cuenta mi abuela ya estaba subiendo mi petate a la zona superior de la casa donde se encontraba el resto de las habitaciones. La seguí en silencio dejándome empapar en el ambiente familiar que me transmitían los muebles, las fotografías… todo seguía igual. Por fin llegamos a la habitación donde solía dormir en nuestras visitas veraniegas, pero a partir de ahora disfrutaría todos los días de esa pequeña pero confortable estancia. Me senté en el colchón mullido de la cama y mientras la abuelita descorría las cortinas para que entrara la luz cegadora que reflejaba la nueve, recorrí con la mirada las estanterías repletas de libros y la mesa en la que solía dibujar cuando era un crío.; lo chocante es que había instalado un ordenador. Creo que ella se dio cuenta de mi cara de sorpresa cuando lo vi.
-Tu abuela también se apunta a las nuevas tecnologías.- dijo sonriendo - Bueno la verdad es que Herver me trajo este trasto hace un mes. Me dijo que el estado financiaba estos aparatos para controlar a los ancianos… ¿A caso tengo cara de necesitar que cuiden de mí? Además no lo he encendido… no se usarlo.
-Es muy fácil, yo te enseñaré.
Enchufé el ordenador ¿Y con esta cosa iban a controlar a mi abuela? ¡Qué cara duras! Mientras ella hacía la cena descargué varios programas y apunte todo lo necesario para completar el equipo. Como ella seguramente no lo utilizaría, lo configuré a mi gusto y a mis futuras necesidades.
Habría pasado una hora, pero cuando quise darme cuenta la abuela me estaba despertando para ir a cenar. Ni siquiera me di cuenta cuando me quedé dormido. Aturdido apagué el ordenador y bajé con tranquilidad las escaleras dirigiéndome a la cocina. No tenía mucho apetito por lo que me dediqué a juguetear con la comida. Abuela me regañó un par de veces como cuando no quería comer de pequeño, quizás eso me despertó de mi ensoñación.
-Abuela, mañana saldré con Adam para buscar trabajo, puede que no venga a comer.
-No te preocupes, un día más sola no me afectará, además si vas a estar todo el día fuera deberías comprarte algo de ropa, lo que has traído no te va a abrigar nada.
-Sí, eso ya lo había pensado.
-Por cierto – dijo entusiasmada – El domingo se celebra la carrera anual de trineos tirados por perros, podrías participar con Thomas y si hijo Tony
-¿Thomas Bleder? ¿Aún sigue aquí? Creí que solo venía en verano…
-Sí, pensé que Adam te lo había contado. Cuando su hija Abigail murió hace un año, se trasladaron a vivir aquí…
Me sentí abrumado los Bleder eran muy queridos en Fort Franklin. Al igual que mi familia, ellos también veraneaban en el pueblo. Aunque a sus hijos no les llegué a conocer, la noticia me sorprendió muchísimo.
-Tony es de tu edad – dijo la abuela – Está trabajando con Adam en la reserva. Suelen salir a menudo con las gemelas ¿Te acuerdas de ellas? Seguramente ni las reconocerías.
-Por separado puede que no, pero si van juntas creo que sería evidente…
Amos reímos. El hambre comenzó a apretarme así que di un buen bocado a la tortilla que había revoloteado en el plato durante unos minutos atrás.
-Son buena gente. Dentro de unos días volverás tarde a casa si te vas de fiesta con ellos – Se quedó con la mirada perdida pero la sonrisa no se borró de sus labios – Me alegra tanto que hayas venido a vivir aquí…
-Yo también abuela. Ahora si me disculpas, creo que me iré a dormir, necesito reponerme del viaje.
Me levanté y fregué los platos antes de irme a la cama. Como aún era temprano, volví a encender el ordenador y comencé a buscar tiendas de ropa del pueblo para ir comparando precios y preparar el dinero suficiente. Más tarde traté de elaborar mi currículum, pero estaba tan vacio de experiencia que me resultaba deprimente y acabé dejándolo por imposible. Era increíble que a pesar de lo agotado que estaba, no lograba conciliar el sueño, hasta que por fin y después de dar cientos de vueltas en la cama, sentí como mis ojos se cerraron con pesadez.
De repente sin previo aviso, mi móvil comenzó a sonar y tuve que dar un salto desde la cama para responder y que mi abuela no se despertara.
-¿Si? .- respondí con voz ronca.
-Eh Bello Durmiente!! Te recuerdo que habíamos quedado a las nueve y son las nueve y media. ¿A qué esperas? Se va a congelar el coche esperándote.
Mire el reloj de la mesilla y luego llevé mi mirada a la ventana pero la luz del sol reflejando en la nieve me dejó instantáneamente ciego.

-Lo siento Adam, me he quedado cepo. Entra en casa mientras me arreglo.
Unos segundos después de colgar escuché la puerta de la casa y cómo mi abuela saludaba animada a mi colega. El estómago empezó a gruñirme cuando el olor de las tortitas subió en un santiamén el tramo de escaleras hasta mi habitación. Con una habilidad inhumana, me vestí y peiné y en unos segundos baje a la cocina para sacar de allí con urgencia al monstruo de las galletas que tenía por amigo. Cogí un par de tortitas y di un sorbo a mi café mientras deseaba un buen día a mi abuela. Como pude, arrastré a Adam al todoterreno antes de que acabara con la producción de dulces de todo un año. Sí, Adam quería asesinarme con la mirada, pero no me detuve a reírle la gracia, teníamos muchas cosas que hacer.
Primero nos dirigimos a la oficina forestal de la reserva para hablar con el jefe Herver O’Connor. Muy amigo de mi familia y sobre todo de mi abuela. Aún recuerdo las noches de acampada que organizaba en verano. Él si que sabía montar fiestas. Esperamos durante unos minutos antes de entrar en su despacho. Adam se había ido un momento para ponerse su uniforme y volvió en menos de lo que canta un gallo. Se volvió a sentar a mi lado.
-¿Nervioso? No te preocupes ya conoces a Herver.
Intenté sonreír pero mis últimos tres años de vida no favorecían en nada un posible currículum propio.
-Eh Christian!!
Alto, pelo color chocolate, barba de tres días… Ese era mi Herver. Se acercó a mí con paso firme y me abrazó
-Vaya!! Cómo has crecido!! Ven, vamos a mi despacho.
De momento el encuentro iba por buen camino. Me adentré en su despacho mientras él se quedó atrás para hablar con Adam y coger algunos papeles.
-Adam, hoy quiero que cojas el todoterreno y vigiles la zona norte de la reserva, es época de caza y puede haber furtivos, ya sabes lo que tienes que hacer.
-Si señor. Suerte Christian!! – me saludó mientras se iba.
Herver se adentró en el despacho y cerró la puerta tras él. Se situó frente a una mesa y se sirvió café.
-Bueno Christian, hace mucho que no te veía ¿Qué he trae por Fort Franklin?
-Me acabo de mudar y estoy buscando trabajo. Adam me dijo que necesitabais gente.
-Entonces has venido al lugar adecuado ¿Tienes conocimientos en relación a este trabajo?
-Bueno, estudié Ingeniería forestal, si eso sirve de algo…
-Eso es perfecto y creo que ahora mismo eres el más completo – rió - ¿Y en qué universidad has estudiado?
-Eh… bueno yo no he ido a la universidad exactamente
-Oh!! Te refieres a la universidad a distancia.
No quería dar más detalles así que asentí con la cabeza. Bien, mi primera entrevista de trabajo y primera mentira. Genial!!
-Bueno, pues bienvenido hijo, acompáñame y te daré tu uniforme. Espero que duermas bien esta noche, aquí solemos empezar a patrullar a las seis de la mañana pero si de verdad te gusta esto, no creo que te sea un sacrificio el levantarte tan temprano.
-Claro que no señor O’Connor
-Eh!! Llámame Herver, para eso somos amigos ¿no?




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