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  Capítulo 14: La fiesta
 
Decidimos regresar al coche cuando empezábamos a dar por hecho que nadie vendría a rescatarnos hasta que se dieran cuenta de que se hacía tarde y no regresábamos. Sin embargo el coche ya no respondía cuando le ponía el contacto para conectar la calefacción, así que el frío comenzó a entrar por los cuatro costados y cada una de las rendijas de las puertas. Soplaba una ventisca descomunal; podíamos sentir cómo balanceaba ligeramente el todoterreno. Me apretujé contra el asiento y me escondí en el anorak de plumas como si fuera una tortuga. Lo mismo hizo Ashley pero su abrigo era tan fino que continuaba tiritando y podía apreciar como los labios se le empezaban a cortar por la temperatura tan baja. Le propuse un intercambio de prendas y al menos sus espasmos se calmaron y sus mejillas y labios empezaron a tomar un color rosáceo menos preocupante que el anterior violeta pálido.
-¿Cuándo crees que vendrán a buscarnos?
Ashley estaba muy preocupada por la tardanza de nuestros compañeros, pero yo confiaba en que Adam no estuviera tan preocupado por su coche y se acordara de nosotros.
-Pronto, no te preocupes.
Nos quedamos en silencio escuchando el feroz viento que soplaba. Era increíble que aún no nos hubiera volcado. Cada pocos segundos limpiaba el cristal para poder ver el exterior, aunque no veía nada nuevo. Nieve y más nieve… Salí fuera con la esperanza de poder arreglar el motor para encender el climatizador. Nada. El vehículo que teníamos por paciente había pasado a mejor vida y encima estábamos perdidos en una gigantesca nevera.
Me senté en el parachoques frotando mis manos para calentarlas cuando a lo lejos vislumbré un pequeño destello de luz muy blanca entre los árboles. De ella salía la silueta de una mujer con el pelo largo y negro como el ébano enmarañándose con el viento, un cuerpo perfecto cubierto por una camiseta harapienta y unos pantalones de cuero de color marrón oscuro que se ceñían a sus piernas, unos labios carnosos y rojos como el fuego, su piel casi blanca como la nieve y unos ojos de un intenso verde esmeralda. Movía sus labios como si hablara, pero en realidad las palabras no salían de su boca… Caminó a un paso lento y hermoso, con la mirada serena puesta en mí.
-Sal del bosque…
Pude escuchar su voz entre susurros como el viento cuando pasa a través del bosque. Era siniestramente bella… y tan familiar…
- Christian, sal del bosque, huye… corres un gran peligro…
Sentía que me ahogaba por momentos. Cuanto más cerca estaba de mí, menos aire podía tomar para calmar mis pulmones. Se situó frente a mí, mirándome a los ojos.
-Christian, vete de aquí – ahora su voz sonaba clara y retumbaba en todos los rincones de mi cabeza dejándome aturdido – Christian…
-Christian!!
Me desperté sobresaltado al escuchar ahora la voz de Ashley mientras me movía violentamente para despertarme. Respiraba con dificultad intentando que el aire no me abrasara los pulmones. Me miré al espejo retrovisor y me vi la frente cubierta de sudor, algo raro a pesar de la baja temperatura que hacía.
-Christian, ¿Estás bien? – dijo preocupada Ashley – Dejaste de respirar mientras dormías, me has dado un buen susto…
Casi ni le hice caso. Continuaba con mi mirada perdida en dirección a los arboles de donde se suponía que mi ángel de la guarda había salido, por fin le puse cara aunque no sabía si esa sería la real. Me eché las manos al pecho aliviado y angustiado al mismo tiempo.
-¿Sigues teniendo frío? - La voz se me quebró y acabó siendo un susurro.
-No. – contestó.
Continué petrificado en el asiento intentando asimilar si lo que acababa de vivir era realmente un sueño a pesar de que Ashley me lo hubiera confirmado. <<>> .Salí del coche para confirmar mis sospechas, pero cuando llegué al lado del abeto donde había salido mi “ángel” pude comprobar que no había restos de pisadas. Nada de nada. Me preocupaba lo vivido que llegó a ser mi sueño. Sentía el frío como lo sentía despierto, la misma sensación de quedarme sin aire… Todo, absolutamente todo era demasiado real. Me dolía demasiado la cabeza como para continuar pensando en mi repentina locura así que volví al coche para no pillarme una pulmonía.
-Oye, ¿te pasa algo? Estás muy raro… – dijo Ashley cuando llegué
-No, nada…
Me miró extrañada y para el colmo pasó una mano por mi frente que aun seguía inundada en sudor.
-Creo que tienes fiebre, tienes mala cara.
-Se me pasará… - o eso quería creer, pero me sentía tan cansado que mucho me temía que estuviera enfermando – Ten… - dije pasándole un walkie – Mira a ver si alguien te contesta…
Ashley salió fuera, hacia un pequeño claro que hacían los árboles sobre la carretera.
Quizás hubieran pasado dos horas más, no lo recuerdo, pero cuando volví a abrir mis ojos, la luz de dos faros me deslumbró. El sonido de un vehículo frenando al lado del nuestro me informó de que por fin había llegado la hora de volver a casa.
-Ey!! ¿Estáis bien?
Pude reconocer la voz de Adam enseguida. Yo casi ni contesté porque prefería seguir con mis ojos cerrados disfrutando del calorcito de mi abrigo. Ashley ya se había subido al todoterreno de Adam y a lo lejos puede oír su voz.
-Creo que deberíamos llevarle a urgencias, tiene fiebre…
Hablaba con alguien, pero no era con Adam, supuse que alguien más venía con él.
-Se me pasará… - volví a contestar cansinamente a Ashley.
Al fin tomé fuerzas de donde no las tenía y subí a la parte de atrás, donde efectivamente me encontré con Lorh. Ésta al verme hizo una mueca de desagrado.

 
Huye, corres un gran peligro...

No sé por qué, pero en esos instantes resonó en mi cabeza la voz de mi ángel… Sacudí la cabeza para despejarme de aquel recuerdo tan extraño como inquietante. Lorh se alejó algo más de mí pero continuaba mirándome con cara de asesina, clavándome los ojos como si quisiera descuartizarme allí mismo. Estaba tan concentrado en ella que ni siquiera escuché la voz que la reclamaba. Ella se giró hacia delante cambiando su oscuro rostro a una perfecta y dulce sonrisa. Me quedé muerto de miedo en el sitio. Lorh era mi amiga… o bueno, eso creía; no la veía capaz de hacerme daño… ¿No? Miles de dudas me asaltaron de repente. El caso es que en ese preciso momento deseaba llegar a casa en cuanto antes. De devanaba la cabeza intentando encontrar alguna relación entre mi sueño y la repentina aparición de esa voz. Algo raro se estaba cociendo… algo muy gordo y yo no quería quedarme para comprobarlo. Ashley continuaba mirándome preocupada, aunque yo intentaba disimular mi ansiedad ya no podía engañarla, me tenía demasiado calado.
Por fin llegamos a mi casa. Adam paró frente al porche y me ayudó a salir.
-Hasta mañana.
Me despedí de las dos, aunque solo recibí respuesta de Ashley. Lorh me despachó con una nueva mirada cargada de odio hacia mi persona. No entendía nada. ¿Qué bicho le había picado?
-¿Lorh está enfadada? – le pregunté a Adam intentando parecer despreocupado.
-No. ¿Por qué iba a estarlo?
Llegamos hasta la puerta. Saqué mis llaves y abrí.
-Por nada… serán paranoias mías… - sonreí para no abocarle a hacer más preguntas – nos vemos mañana.
-¡Cuídate, blandengue !
Ignoré lo que acaba de soltarme y cerré la puerta en sus narices. Subí con pesadez las escaleras hacia mi cuarto y en cuanto llegué me tiré sobre la cama escondiendo la cara contra el edredón. Estaba muerto de cansancio y de la fiebre que me devoraba. Escuché como unos pasos se acercaban a mi habitación.
-Christian, cielo… - la abuela se sentó en la cama a mi lado – Herver me llamó diciendo que volverías muy tarde porque tuvisteis una avería, ¿estás bien?
-No, abuela, no estoy bien… - dije incorporándome – No entiendo a las mujeres, Lorh se portaba genial conmigo y hoy por poco me descuartiza en el coche, Ashley y yo nos teníamos asco hasta esta misma mañana y ahora se preocupa por mi… - dije elevando una octava mi voz - y para el colmo oigo voces en mi cabeza de otra mujer que está muy buena y que encima no conozco ni he visto en mi vida…
Abuela se acercó a mí y me tocó la frente.
-Tienes fiebre y muy alta – puntualizó – Es mejor que te vayas a dormir, creo que tienes alucinaciones… No te preocupes te prepararé un caldito y se te pasará en un santiamén.
-Estoy bien!!
Grité desesperado echándome las manos a la cabeza, aunque la verdad es que las fuerzas empezaban a faltarme, debí haberme agarrado una buena por estar tanto tiempo en el bosque y sin calefacción. Abuela me ignoró, me abrió la cama y me empujó hacia ella.
-Duérmete – me ordenó.
Salió de mi habitación dejándome a oscuras. Cerré mis ojos y concilié el sueño de manera facilísima. Lo único que recuerdo de la noche es que la abuela venía cada dos horas a cambiarme el paño húmedo que tenía en la frente para bajar la fiebre.
A la mañana siguiente desperté con ardor en mis ojos. Me asomé al espejo del baño de mi habitación y comprobé que los tenía colorados por la fiebre. Abuela entró de nuevo a mi habitación.
-¿Cómo te encuentras?
-Cansado… - el tono de mi voz me sorprendió muchísimo; prácticamente no podía hablar.
-Ummm llamaré a Herver, esto va para largo.
Ni siquiera me quejé. No tenía ganas para discutir con ella, así que me dejé caer de nuevo en la cama y dormí todo lo que quise despertándome durante media hora por la noche para comer algo y tomarme los medicamentos que la abuela había comprado para mí. Así pasé cinco días más. Cinco largos y eternos días, aunque si he de ser sincero, se me pasaron volando gracias al sueño, como si una mosca tsé tsé me hubiera picado. Al sexto día me encontraba como un roble y me levanté con ganas de trabajar; pero antes de eso me metí un buen desayuno entre pecho y espalda, con huevos fritos, beicon y una buena taza de café recién hecho.
Me dirigí a la oficina aún aturdido por los cinco días y medio de cama, pero el sol que brillaba esa mañana me despejó todos los sentidos. Adam me recibió con los brazos abiertos.
-Eh!! ¡Has sobrevivido!
-Hola Adam…
-Me ha dicho Herver que hoy podemos salir antes del curro. Así que te arrastraré a la pastelería más cercana para que me invites.
-¿Invitarte a qué? – dije extrañado
Adam se quedó un poco chocado con mi respuesta.
-Pues… ¿A qué va a ser? Tu cumpleaños… - dijo aún un poco atontado.
-Es dentro de tres días… - dije despreocupado.
-¿No era el día veinte? Juraría que lo tengo apuntado en un papelito – lo sacó y me lo enseñó - ¿Lo ves? Cumpleaños de Christian, veinte de enero…
Miré el calendario de mi reloj digital. Me quedé helado. Ni siquiera sabía el día en el que vivía, menudo despiste, aunque la verdad no me ilusionaba tan efusivamente cumplir años como a Adam.
-Pues si no llegas a recordármelo no me hubiera dando cuenta… - dije desanimado
-¡¡Felicidades tío!! – me abrazó – bueno a las cuatro te espero en la puerta
-Vale!! – dije – pero no te atiborres en la hora del almuerzo, deja sitio para los pasteles…
-Créeme… dejare bastante sitio – dijo entre dientes.
Casi no había nadie en la oficina. ¿Dónde estaba todo el mundo? Me fui a mi despacho para adelantar todo el trabajo que no había podido hacer en una semana. Pero cuando encendí el ordenador y vi que todos los informes estaban acabados me quedé sorprendido. Seguramente Herver le diera mi clave de acceso a Ashley para continuar ella sin mí. No sabía qué hacer. Ahora me tiraría seis horas seguidas con los brazos cruzados. Llamé al despacho de Herver y no había nadie. Me fijé en un post it pegada en su mesa. Lo cogí y leí.
 
 
Christian, Adam, nos hemos ido todos a patrullar, os quedáis al cargo de la oficina hasta que regresemos. Herver

Genial. Menos mal que tenía un juego de marcianitos instalado en el ordenador para estas ocasiones. Me tiré sentado frente a la pantalla durante toda la mañana. Tomé mi almuerzo con Adam y después continué dos horas más matando a mutantes del espacio. Cuando el reloj marcó las cuatro, apagué el ordenador y me reuní con Adam en la puerta, como habíamos quedado. Durante el viaje de regreso a casa, pegué una cabezada en el asiento del copiloto. No tardamos ni media hora en llegar a la ciudad pero cuando lo hicimos me fijé que Adam no giraba a la derecha en dirección a la pastelería sino que continuaba por la calle principal hacia mi casa.
-Adam te has equivocado… - dije sin darle importancia.
-He cambiado de idea. Mejor me tomo un cafecito en tu casa.
Pronto nos situamos en el porche. Adam apagó el motor y nos dirigimos dentro. Abrí con parsimonia la puerta y cuando lo hice, todo estaba a oscuras.
-Qué raro… - dije para mí – la abuela siempre está aquí a estas horas…
Encendí la luz.
-¡¡SORPRESA!! ¡¡FELIZ CUMPLEAÑOS!!
Un montón de globos de colores y guirnaldas decoraban el gran salón. La mesita del café estaba retirada hacia un rincón y en la mesa de las grandes cenas se apiñaban un montón de cuencos con fritos y una ponchera repleta. Todo el mundo estaba allí congregado, todos sin excepción, y cuando digo todos, me refería también a Lorh y Ashley. Aunque Lorh seguía con la misma cara perra de hacía una semana.
-Adam eres un…
-Guárdate los elogios para más tarde, pequeño piojo… - me dijo Adam ofreciéndome un paquete del tamaño de la palma de mi mano – Ábrelo!! Ni siquiera te imaginas lo que hay ahí – dijo señalando la caja
La abrí con cuidado y casi me caigo de culo. Una llave de coche brillaba en el interior de la cajita.
-Dios Adam!! No puede ser… no puedo aceptarlo!! - Dije al ver la marca.
-Anda, sal al patio trasero, ahí te espera tu amorcito – dijo con retintín Adam
Salí corriendo seguido por todos los invitados. Un Ford Kuga color negro brillante me esperaba con las puertas abiertas y los intermitentes funcionando como si acabara de ganarlo en un concurso. Me subí y acaricié el volante con la boca abierta.
-Adam, esto es muchísimo dinero… - dije culpable
-Prefiero regalártelo antes de que me destroces el mío.
Todos rieron. Entramos de nuevo dentro de la casa, pero cada poco miraba fuera para ver que mi recién adquirido todoterreno estaba a salvo. El resto de regalos no eran tan alucinantes como el de Adam, pero tenían su buena intención. Bastante ropa por parte de mis amigos que agradecí pues la mía estaba un poco machacada. Ashley estaba un poco cortada entre tanta gente. Divisé en una de sus manos un paquete de tamaño similar al que Adam me entregó con la llave. Me disculpé con mis invitados y me uní a ella al lado de la mesa de la bebida.
-Seguro que Adam te arrastró hasta aquí.
-En realidad, vine por voluntad propia. Espero que el decorado sea de tu agrado
-¿Lo has hecho tú? – dije sorprendido
Ella asintió con la cabeza algo incomoda y sonrojada.
-Gracias – dije – es un gran regalo por tu parte...
-Aun te queda uno por abrir – dijo extendiendo su brazo y dándome el paquetito
-No tenías que haberte molestado.
-Ábrelo anda!! – dijo casi eufórica.
Lo fui abriendo con cuidado. Primero el celo y luego el papel. La caja quedó desnuda y la destapé. Había un precioso colgante de acero colgando de un hilo de piel. Era realmente bonito.
-Es precioso ¿qué es? – dije extrañado con la forma del colgante
-Es un amuleto Inuit… te protegerá de los malos espíritus o eso es lo que dice Lorh. Ella es la que entiende de estas cosas. Era mío y quería que lo tuvieras tú. No es un coche como el de Adam… - me rei mientras ella se balanceaba con las manos en los bolsillos – pero espero que te funcione.
-Gracias de verdad, es el mejor regalo de todos, con diferencia.
Me quedé un momento dubitativo. Ella esperaba algo y yo también, así que le di un beso en la mejilla para agradecérselo. Ambos sonreímos demasiado sonrojados, con miedo a que alguien nos hubiera visto.
Cerca de la una de la mañana acabó la fiesta. Ashley se quedó para ayudarme a recoger y luego la llevaría a su casa.

(Fin del libro 3)





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