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  Capítulo 12: Menos mal que siempre amanece
 
Continué corriendo todo lo rápido que pude mientras escuchaba tras de mí gruñidos, incluso en más de una ocasión sentí como algo se agarraba a la parte baja de mis pantalones y los hacía trizas. Fuera lo que fuera que me perseguía, estaba muy furioso… y hambriento. Y lo peor de todo, no era uno solo. En el cielo se abrió un pequeño claro que dejó pasar la luz brillante de la luna, ocasión que aproveché para comprobar que era lo que quería hacerme pedazos. Cuando volví la vista atrás vislumbré casi a mis talones tres lobos rabiosos corriendo sin parar, intentando abalanzarse cada poco sobre mí y enseñando una hilera demasiado afilada de dientes. Me hubiera gustado en esos momentos ser un guepardo y dar esquinazo a aquellas fieras, pero lamentablemente en esos angustiosos momentos era el pequeño y endeble Christian, con mucho musculo y poco cerebro para planear un movimiento que los despistase. Entre mis jadeos pude distinguir el ruido del riachuelo que cruzaba el bosque, así que me dirigí allí en un vago intento de empaparme y que los lobos perdieran mi rastro. Pero ni con estas los logré despistar. Estaba demasiado cansado y las piernas me daban unos horribles calambrazos, en pocos segundos comenzaría a notar el entumecimiento y poco a poco se me paralizarían con la desastrosa consecuencia de perder velocidad y acabar devorado por esas bestias que no parecían cansarse. Cuando ya daba todo por perdido, escuché el quejido de aquellas fieras al chocar contra los abetos que nos rodeaban y como se revolvían contra algo que mis ojos no lograban ver, pues la luna volvió a ocultarse tras los nubarrones dejándome de nuevo a oscuras. Me quedé de nuevo paralizado, pegado contra un árbol, oyendo una pelea a ciegas que parecía demasiado violenta. Entre el jaleo volví a oír esa voz…
-Christian, no te quedes ahí, huye!!
Esta vez no era suave como antes, sino que se sentía en ella una mezcla de fatiga y furia. Ese ser me estaba protegiendo de una muerte segura, se estaba enfrentando sola al peligro… así que decidí obedecer a mi recién adquirido ángel de la guarda y huir de una vez por todas. Cada poco podía escuchar sus quejidos, eran distintos a los de esas bestias. Eran más sufridos. Por un momento decidí volver para ayudarla…
-Vete!! – me ordenó de nuevo la voz.
Volví a sacar fuerzas no sé aún de dónde, el caso es que llegué sin darme cuenta a casa. Subí las escaleras atropelladamente y me encerré en mi habitación, dejándome caer contra la puerta. Notaba como los pulmones me ardían, las piernas perdían su fuerza y el sabor a sangre típica de cuando corres mucho hizo su aparición en mi boca. De un impulso logré levantarme del suelo y cerrar a cal y canto todas las ventanas de mi habitación. Me tropezaba con los muebles sin quererlo pero no importaba. Me quité los maltrechos pantalones y los tiré en un saco de la basura que usaba para limpiar mi cuarto y por último, me puse una camiseta blanca de mangas cortas limpia. Volví a comprobar que todo estuviera herméticamente cerrado, cuando de repente alguien llamó a la puerta.
-Christian ¿estás bien? ¿Qué es ese ruido?
-No es nada, abuela – respondí con la voz aún entre cortada – vuelve a la cama.
Me acosté en mi cama con cuidado, sin hacer ruido. Me quedé atento escuchando como mi abuela permanecía en el pasillo tras la puerta de mi habitación, supongo que intentando averiguar qué era lo que me traía entre manos. Al fin después de diez minutos, comencé a escuchar cómo se alejaban sus pasos y cerraba la puerta de su habitación. Resoplé agradecido de no tener que darle explicaciones a mi abuela. Después de unos instantes de tensión, apagué la luz y me quedé a oscuras.
No sé aún por qué, pero me sentía mal por haber dejado en el bosque a mi protectora. Digo protectora porque eso era lo que me sugería su voz. ¿Qué habría sido de ella? ¿Logró deshacerse de esas bestias o por el contrario acabaron con ella? Se me ponían los pelos de punta solo de pensarlo. Seguía sin comprender por qué había algo ahí fuera que quería acabar conmigo, y lo más insólito, ¿Quién se preocuparía de protegerme?
Las horas pasaban lentamente, y no lograba conciliar el maldito sueño. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver esos ojos y esos lobos queriendo saciar su apetito conmigo una y otra vez. Pero después de unas cuatro horas dando vueltas de un lado a otro en la cama, logré dormir algo antes de que el despertador sonara, pero descansar, lo que se dice descansar, no descansé nada, pues tuve pesadillas de continuo producidas por lo que viví en primera persona y otras, producto de mi imaginación a lo Tarantino.
Por suerte, y como siempre sucedía, al fin amaneció. Debía convencerme a mí mismo, de que lo que sucedió aquella noche fue solo que me metí en una pelea de lobos en medio del bosque y acabaron por perseguirme y, no se cómo, tuve suerte de salir con vida, nada más, la voz que escuché solo fue producto de mi imaginación y del miedo de estar solo y a oscuras.
Me levanté más temprano que de costumbre para no tener que contarle a la abuela lo que pasó en realidad. Me preparé mi café bien cargado y una tostada y en cinco minutos cogí el coche rumbo a la oficina.
Era un estupendo y soleado día de Enero, algo raro en estas fechas, y hacía una temperatura agradable, quizás unos diez grados como mucho, lo suficiente para que la nieve acumulada se hubiera derretido parcialmente, pero el asfalto, como siempre, seguía siendo una peligrosa pista de patinaje. Los niños volvían al colegio después de las vacaciones de navidad. Alguno que otro con una buena llantina por no querer dejar sus juguetes nuevos en casa. El semáforo se puso en rojo y reduje la marcha hasta quedar completamente inmovilizado. Observaba a la gente que se dirigía a sus puestos de trabajo con algo de prisa. Estaba en la inopia mirando una nueva cafetería que habían abierto cuando un fuerte golpe en la parte trasera de mi coche me hizo dar con la frente en el volante. Menos mal que llevaba el gorro casi hasta las cejas, si no me hubiera hecho una buena brecha.
Bajé del coche maldiciendo a todos los dioses que existían y quedaban por existir y vi el parachoques completamente destrozado y cómo la causante bajaba de su todoterreno.
-¿Pero qué has hecho lunática? Me has destrozado el coche, ¿No sabes usar el freno o qué? – grité muy enfadado, pues el coche no era mío, si no de Adam ¿Y ahora que iba a decirle?
-Ha sido culpa tuya, el semáforo está en verde…
-¿Y por eso has decidido arrollarme como si condujeras un tren?
-¿Eres patético sabes? – me gritó la chica
-¿Patético? Soy yo la víctima y me llamas patético ¿Pero en qué mundo vives, en el de hello kitty?
-Deja de quejarte, mi seguro te va a pagar ¿Qué más quieres?
-Tenían que quitarte el carnet de conducir, eres un peligro al volante!!
La gente se nos quedaba mirando, pero me daba igual. Estaba muy quemado y quería acabar con ese asunto cuanto antes, así que, me dirigí al asiento del copiloto y saqué de la guantera los papeles del coche para hacer el parte amistoso del accidente, aunque de amistoso no tenía nada. Después de quince minutos de rifirrafes con aquella chica, cogí un taxi para que me acercara hasta la oficina pues la grúa se tenía que llevar el coche. Cuando llegara ya vería la forma de contárselo a Adam. Iba a ser un día de perros, no sé por qué, pero lo intuía.
Al fin después de media hora de camino, llegué a la oficina, y encima tarde. Me dirigí inmediatamente al despacho de Herver para hablar con él y disculparme por el retraso.
Toc, toc.
-Adelante
Abrí la puerta y entré en el despacho.
-Christian, ¿pero dónde te habías metido? Te he llamado al móvil y no me lo cogías…
-Calla, calla, que hoy parece que me he levantado con el pie izquierdo.
-¿Qué ha pasado? – dijo al ver mi cara de malas pulgas
-Pues imagínate, ayer de viaje todo el día, esta noche no he pegado ojo y encima ahora me acaban de dar un golpe en el coche ¿Te lo puedes creer? Y encima la tipa esa me dice que soy el culpable ¿Yo? Pero si el que he recibido el golpe he sido yo, ¿cómo puedo ser el culpable? – ahora me dirigía a mi despacho – De verdad que no entiendo a las mujeres en serio…
Cuando volví mi cara no me podía creer dónde me había metido. La mesa que había frente la mía estaba ocupada. Y lo que más me repateaba, ella.
-¿Tu qué haces aquí? – dije incrédulo echando chispas.
-¿La conoces? – dijo Herver
-¿Os conocéis? – dijo la chica a Herver
-He preguntado yo primero – dije cabreado.
El ambiente se volvió tan tenso que ni recuerdo todo lo que nos dijimos. Digamos que casi nos tiramos los trastos a la cabeza.
-Basta ya!! Que alguno me explique qué pasa aquí
Herver estaba bastante cabreado. Yo me dispuse a hablar pero en cuanto lo hice la conductora suicida comenzó a ponerme de vuelta y media. Herver puso una cara que realmente me asustó. Las aletas de su nariz comenzaron a moverse lentamente, supongo que intentaba calmarse.
-Por favor ¿Sería mucho pedir que os llevéis bien en la oficina?- Los dos asentimos con nuestra cabeza – Bien, comencemos con las presentaciones ¿De acuerdo? – Herver parecía más calmado – Christian, esta es Ashley Kane, trabaja aquí desde hace dos años, acaba de volver de su baja. Ashley este es Christian, tu nuevo compañero de trabajo. Espero y he dicho espero, que os las arregléis para dejar estas peleas de críos fuera de mi reserva… ¿Me he explicado lo suficientemente claro?
-Claro Herver, tu mandas – dijo Ashley
Yo la imité haciendo burla. Menos mal que no tenía ojos en la nuca que si no…
-¿Christian?
-De acuerdo – dije cansinamente
-Bueno – dijo Herver – yo tengo que salir. Necesito que me tengáis estos documentos preparados para cuando vuelva
Cerró la puerta después de salir dejándonos allí solos. Ella me miraba con cara de pocos amigos y yo hice lo mismo. Cogí una de las carpetas que dejó Herver en la mesa y haciendo caso omiso a la niñata que tenía por compañera, me puse a pasarlo a ordenador. Iba a ser un día realmente largo.





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