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  Capítulo 11: Caminos de ida y vuelta
 
LIBRO 3 - CHRISTIAN



PROLOGO:
Me siento un espectro sin pasado ni presente. Solo un espectro cegado por el dolor de no saber ahora quién soy, a donde ir ni en quién confiar... Y a pesar de todo, debo fingir ser fuerte, no por mí ni el resto del mundo, tan solo por mi abuela, la única persona que en estos momentos es parte de mi vida. Puedo escuchar aún como solloza por la pérdida de su hijo, mi padre y eso me parte el alma en mil pedazos. Sé que esto tenía que ocurrir tarde o temprano debido a la enfermedad que lo consumía, pero me ha pillado tan de sorpresa que me ha hundido en la más profunda tristeza. No dejo de pensar… algo que me atormenta desde hace semanas; todos cuantos me rodean mueren… ¿Quién será el siguiente en mi invisible lista negra? Primero fue mi madre, luego Katherina y Victoria y unos cuantos compañeros de la carrera de trineos y ahora… papá. Yo soy esa bestia negra, la que trae la desgracia… pero tengo la esperanza de que por alguna remota casualidad, yo no sea el culpable. No voy a parar hasta saber la verdad, hasta encontrar al verdadero asesino de mis amigos… Se que hay algo ahí fuera, en ese oscuro bosque, algo siniestro que me acecha… y acabaré con él.

Lo juro.


Capítulo 11. Caminos de ida y vuelta.

[FLASH BACK] -Benjamin Lanter , nos enseñó que todos podemos triunfar pese a las adversidades. Era el claro ejemplo de un espíritu emprendedor, un hombre trabajador que luchó y dio parte de su vida para proporcionar un futuro mejor a su esposa e hijos. Hoy nos reunimos para darle el último adiós y rendir un homenaje a su persona… [FIN DEL FLASH BACK]

Ha pasado ya un mes.
Y parece mentira, porque a pesar de que solo hayan transcurrido treinta y un días desde el funeral de mi padre, parece que haya pasado toda una eternidad…
Mi abuela y yo no hemos hablado nada durante todo este tiempo, ni siquiera ahora que vamos encerrados en el coche de vuelta a casa. Ella sigue mirando al frente con la vista perdida en el infinito y llena de lágrimas silenciosas que brotan de sus ojos y se pierden en el cuello de su camisa. Retuerce en sus manos un pañuelo blanco de seda y nada más. Tan solo quiere llegar a su casa y descansar. Su rostro claro permanece inalterable, como si se tratara de una estatua. Está ausente, aislada del mundo exterior. Solo vive de los recuerdos. Me preocupa su extrema delgadez debida a la dieta pobre, casi nula de estas últimas semanas. Tengo miedo de que caiga enferma. Tengo miedo de perderla. No solo le duele la muerte de su hijo, si no que está herida en su papel de matriarca, su papel de abuela. Mi hermana Susan ni siquiera se ha preocupado en venir a despedir a mi padre. La odio por ello y creo que abuela también. Ahora hablo por los dos, la detestamos. ¡Egoísta!
Me duele en el alma sentirme así. La ira va en aumento en mi interior. Espero no descargarla con nadie que no lo merece. No quiero que mi vida personal afecte a mis relaciones con mis amigos y compañeros de trabajo. No, eso no lo voy a permitir.
A lo lejos ya puedo vislumbrar las hermosas y blanquecinas montañas de Fort Franklin. No llegué a pensar nunca que las echaría tanto de menos. Aminoré la velocidad puesto que las carreteras estaban repletas de hielo y las curvas se hacían peligrosísimas. A medida que nos adentrábamos en la pequeña ciudad pude observar como las gentes quitaban los adornos de navidad de las calles Ni siquiera me había parado a pensar que estas habían sido mis primeras navidades aquí, las primeras sin mi familia, las primeras con la abuela. No todo estaba perdido. Estaba dispuesto a sacar mi mejor sonrisa si con ello volvía a ver feliz a mi abuela. ¡Ah Madeleine! Cuanto has sufrido y cuanto has tenido que aguantar y callar.
Casi sin darme cuenta ya estaba doblando la esquina y enfilando la calle. Aparqué como pude en el pequeño huego que quedaba frente a la casa. Bajé del coche y abrí la puerta del copiloto. Tendí una mano para ayudar a la abuela.
-Ya hemos llegado – dije intentando animarla.
Tan solo recibí como respuesta una mueca pequeña y amarga de sus labios. Me dirigí a la parte trasera del coche y saqué del maletero dos maletas pesadísimas. Eché el cierre y comencé a tirar de ellas en dirección a la puerta cuando en esos instantes escuché una voz que me llamaba:
-Christian!!
Adam corría a toda prisa hacia nosotros.
-Abuela entra en casa sube a la habitación y descansa, luego coloco todo esto y te preparo algo para que comas. – dije mientras metía dentro las maletas y salía después para encontrarme con Adam
-Bienvenido de nuevo tio!! – me abrazó – Teníamos ganas de volver a verte. ¿Cómo estáis?
-Bueno, bien dentro de lo mal que se puede estar... La que no levanta cabeza es mi abuela.
-Vaya – dijo Adam apenado. – Si necesitas que te ayude…
-No hace falta, Adam, de verdad. Gracias de todas formas. Entra y me cuentas lo que haya pasado en mi ausencia. – le dije – Voy a hacer la cena a mi abuela, píllate una silla de la cocina.
-Pues no hay nada nuevo. – dijo – Estamos buscando un lugar para celebrar la fiesta de primavera… sabemos que quedan aún tres meses, pero si no lo hacemos ahora, se nos echará el tiempo encima…
-Ajam… - dije mostrando algún tipo de interés.
Mientras saqué unos huevos de la nevera y los batía; estaba nervioso por si sacaba el tema de la investigación del accidente de la carrera y se notó cuando fui a coger la botella de aceite; caí la cartonera con otros siete huevos en su interior al suelo. Mientras recogía, noté la mirada de Adam clavada en mi nuca. Sentía su impaciencia al escuchar como golpeteaba los dedos contra la mesa y como chirriaba uno de sus zapatos en el parqué.
-No es eso de lo que quieres que te hable ¿Verdad?
-No, de eso no, es cierto.
Me centré en no parecer histérico, así que una vez acabé de hacer la tortilla, preparé una bandeja con cubiertos, un vaso con agua y una servilleta y sin mirar a Adam, la subí al cuarto de mi abuela. Cuando abrí la puerta vi que no se encontraba allí, un sonido me informó de que se encontraba en el baño, así que dejé la bandeja sobre el sifonier situado junto a la ventana y me acerqué a la pequeña puerta de roble.
-Te he dejado la cena, por favor come algo.
-No te preocupes cielo. Por una vez te haré caso, el estómago me va a devorar a mí de un momento a otro. Gracias.
Al fin se atrevió a hablar, algo que me tranquilizó a pesar del tono abrumador de sus palabras. Me dirigí de nuevo escaleras abajo donde mi amigo me esperaba. Al fin aparecí en la cocina. Sin embargo cerré la puerta para que la abuela no oyera la conversación y no se preocupara más.
-¿Y bien? ¿Qué es de lo que quieres hablar entonces? Bueno… creo que me lo imagino.
-Verás… – dije dudando – …no sé cómo decirte esto. Adam, necesito… - Mis intenciones eran bastante paranoicas pero necesitaba su ayuda, aunque me imaginaba ya cara que pondría cuando le contara lo que me proponía y me empezaría a llamar loco, pero aún así saqué fuerzas, no se aún de dónde. – Necesito saber la verdad. Necesito saber qué ocurrió de verdad en esa carrera…
-Christian…. – dijo cansinamente mientras me miraba con esa mala cara que intuía, así que me di por vencido
-Bah!! Déjalo es una tontería.- Vi como su cara pasaba de la preocupación a la sorpresa. En mi estado de ánimo cualquier ida de olla era normal, así que lo dejó correr e hizo como si no hubiera oído nada.- Bueno mañana nos vemos en la oficina. Quiero empezar cuanto antes para distraerme.
-Esta… bien. Como tú quieras. Hasta mañana.
-Hasta mañana. – le sonreí – Gracias por estar un ratito aquí.
Le acompañé hasta la puerta y vi como se alejaba en su todoterreno negro. Después de asegurarme de que mi abuela había cenado y dormía plácidamente gracias a los tranquilizantes que el médico le recetó en el hospital de Toronto, cogí mi cazadora, una linterna y salí de casa.
Me dirigí hacia las afueras de la ciudad y tomé el camino que llevaba al fondo del despeñadero. Llevaba paso firme y seguro y cada pocos segundos me giraba para comprobar que nadie me siguiera. Era irónico, pero sentía un miedo horrible. Oía ruidos extraños a mi alrededor que me cortaban la respiración. Desde niño he tenido miedo a la oscuridad. Aún no me podía explicar qué hacía allí en medio de la nada, casi a oscuras y sin un teléfono móvil a mano. Quizás llevara una hora caminando cuando por fin pude distinguir el cordón policial que aún permanecía intacto rodeando la explanada donde los trineos cayeron.
Me acerqué con cuidado de no tocar nada que hiciera cambiar el curso de la investigación. ¿Qué leches de investigación? Aquel lugar tenía pinta de no haber sido pisado en varias semanas, no había ninguna huella, nada… Suponía que la policía no había encontrado nada sospechoso y habían parado de buscar. Eso me enervaba. Si iba a cometer un delito por entorpecer una investigación, que aparentemente estaba parada, iba a hacerlo a lo grande.
Traspasé el cordón y me dirigí a los arboles más próximos al sendero que seguía al otro extremo de la explanada. Uno por uno los fui revisando hasta que comencé a ver los restos de sangre seca que había visto al día siguiente del accidente. Sin duda estaba en el lugar adecuado. Pude caer en la cuenta de que no todos los arboles estaban manchados, sino que estaban alternados. El que hubiera hecho esa atrocidad tenía una mente fría y calculadora. No había duda de que al menos, la sangre pintaba los arboles estratégicamente.
Una rama crujió tras de mí, haciendo que al girarme la linterna cayera a la nieve y dejara de funcionar.
-¿Quién anda ahí?
Instintivamente palpé el suelo y cogí una piedra bien gorda. Fuera lo que fuera le arrearía un buen mamporro antes de que me tocara. Comencé a escuchar un susurro. ¿Sabéis ese tipo de películas en las que la protagonista comienza a oír voces? Pues eso me estaba pasando a mí. Era suave, aterciopelada… y muy siniestra y más teniendo en cuenta el lugar en el que estaba y encima a oscuras.
-Christian
Mi nombre sonaba todo el rato a mi alrededor. Intenté por todos los medios averiguar de dónde procedía, pero el miedo continuaba devorándome haciendo que mis músculos se paralizaran.
-Christian, Christian, Christian…
Unos ojos centelleantes aparecieron entre la oscuridad. Eché a correr todo lo rápido que pude, sin rumbo fijo ya que el cielo estaba encapotado y la luna no se veía. Tropecé muchas veces, arañándome con las ramas, golpeándome contra el suelo… y esa voz seguía acechándome.
-Christian…
Algo me retuvo en el suelo, de nuevo esos ojos estaban frente a mí, pero aún más cerca, frente a mi cara… Una voz joven, quizás de una mujer, volvió a hablarme…
-Christian, huye, sal del bosque… corres peligro…
La presión que me retenía cesó y sin perder más tiempo volví a correr sin mirar atrás…





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