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  Capítulo 1: Las cosas cambian aunque no quieras
 
LIBRO 1 - CHRISTIAN



PROLOGO:
Cuando eres un niño no le tienes miedo a nada. Puedes caminar descalzo por las verdes praderas sin miedo a clavarte una punta oxidada, pisar un cepo o que te pique cualquier animal venenoso… La inocencia de un niño lo puede todo. Pero a medida que te vas haciendo mayor y tus relaciones sociales se expanden, el miedo y el temor comienzan a jugar un papel muy importante en la vida. El miedo es lo que nos impide exteriorizar nuestro niño interior, aquel que amaba el peligro, pues para él no existía, aquel que le enseñaban a respetar la naturaleza, a amar a sus semejantes… A veces nos comportamos como animales salvajes, sin que nosotros sepamos que esos animales tienen más educación que nosotros mismos, y ahora es cuando realmente me doy cuenta. Encerrado en mi sucia celda me doy cuenta de muchas cosas. Hay demasiado tiempo libre y antes de volverme loco entre estas cuatro paredes, prefiero reflexionar sobre mi propia vida, saber y averiguar qué hice mal para acabar aquí sin amigos, sin familia, sin mí…Ya son las doce de la noche. Los bedeles de la cárcel comienzan a apagar las luces dejándonos a todos a oscuras; ya no volveremos a tener vida activa hasta mañana a las nueve. Aunque… ¿A esto se le puede llamar vida?. La luz de la luna entraba por la minúscula ventana y se proyectaba sobre el húmedo suelo. Sentía la necesidad de notar esa luz sobre mi cuerpo, así que me tumbé en el suelo, notando su frescor. La miré, la miré tan detenidamente que sentí deseo por ella, su brillo me hechizó y por unos instantes me sentí libre como si hubiera escapado de esa jaula después de tres años… Sí, en esos instantes me sentí muy bien, fuerte, vivo… salvaje. Lleno de ganas de luchar por tener una nueva vida.



Capítulo 1. Las cosas cambian aunque no quieras.

Tan solo tuve que esperar tres semanas más para salir de allí y cuando lo hice, no me pensé dos veces en llegar hasta mi casa para ver a mis padres y mi hermana. Los he extrañado tanto… La primera vez que me vinieron a visitar a la cárcel les pedí que por favor no volvieran; no quería que vieran cómo me consumía poco a poco en este infierno, y así lo hicieron. ¿Cómo me recibirían? No quería esperar para saberlo, así que en cuanto el taxi enfiló la calle y aparcó frente a mi casa, salté de él dejando un billete de cincuenta dólares y sin querer recibir el cambio. Me situé frente a la puerta y cogí aire mientras sonreía sin parar, sin saber si dar un timbrazo o golpecitos en la puerta. Era un poco absurdo pensar en aquello, pero quería un reencuentro especial y quería que fuera perfecto, así que me decanté por tocar el timbre y esperé. Y al fin se abrió la puerta.
-¿Deseaba algo jovencito?
-¿Quién es usted? – dije confuso al ver a una mujer extraña allí
-Soy Dorothy. Cuido del señor Lanter.
Miré la plaquita que colgaba de su bata. ¿Una enfermera?
-¿Y para qué demonios necesita mi padre una enfermera?
-¿Tu padre? – respondió confusa – Oh! Entiendo. – La mujer rolliza me miró de arriba abajo como si fuera un bicho raro – Tú debes de ser “ese” tal Christian si no me equivoco, pasa.
Ahora parecía algo grosera conmigo. Nos adentramos en el interior de la casa. Todo estaba tal y como lo recordaba, lo único que había cambiado era que en el salón ahora había una especie de cama de hospital con un montón de aparatos electrónicos que no dejaban de emitir pitidos cada cierto intervalo de tiempo y un montón de utensilios como jeringuillas, bolsas de suero y gasas… Un hospital en casa por así decirlo. Me giré sobre mis talones para pedir una explicación a la tipa esa a la que seguramente le caía muy mal pero casi ni me dejó abrir la boca cuando empezó a hablarme.
-Alzheimer. – dijo rudamente Dorothy – Lleva así dos años.
Me quedé paralizado mirando cómo dormía mi padre. No podía mover ni un solo músculo. En esos instantes mi sangre se había congelado y no me llegaba al cerebro para poder pensar.
-¿Sabe…? ¿Está…?
No podía formular ninguna pregunta porque cualquiera de ellas me resultaba absurda.
-Ya no reconoce a nadie, se niega a comer… - comentó Dorothy – Si es eso lo que querías preguntarme.
-¿Dónde están mi madre y mi hermana?
Quería hablar con ellos, con alguien con quien pudiera sentirme a gusto hablando del tema y no con una desconocida.
-¿No sabes nada? – dijo sorprendida y angustiada.
-¿Qué es lo que debería saber?La enfermera se quedó mirándome apenada, parecía que su malestar porque yo fuera un ex presidiario había desaparecido y en sus ojos se dibujó el dolor y la pena.
-Tu madre murió hará cosa de un año… estaba muy enferma. Y tu hermana… - ahora parecía enfurecida – Tu hermana, la muy guarra, con perdón de la expresión, se largó al enterarse de la enfermedad de tu padre. No quería ataduras así que cuando se casó me contrató para que me ocupara de él. Ella vive ahora en Alemania. Sí, me paga, pero no te creas que se preocupa por tu padre. – dijo mirándome a los ojos – Cría cuervos y te sacarán los ojos.
El mundo se derrumbaba ante mí. Ahora entendía por qué en estos tres años encerrado, jamás me había llegado una carta de mi familia. En esos instantes deseaba morirme y dejar atrás todo aquello que me estaba haciendo daño. Mi padre, mi modelo a seguir, dormía en aquella cama sabiendo que para él yo estaba muerto hacía ya dos años. Sin embargo abrió sus ojos y me sonrió como si me hubiera reconocido, quizás algún resquicio de mi ser aún vivía en su perturbada mente. Solamente me acerqué y le di un beso. Después de aquello agradecí a Dorothy todo lo que estaba haciendo por él. No le quedaba mucho tiempo de vida, así que me despedí de él a mi manera. Coloqué en su mano, un cochecito con el que solía jugar de pequeño y luego se la cerré en un puño. Me encaminé a la puerta y volviendo a mirar a mi alrededor , cerré y caminando bajo el sol abrasador, me dirigí hacia la estación de autobuses que me llevaría hasta el Aeropuerto Internacional de Toronto.







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